Vendrá la muerte y tendrá tus ojos –
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos –

Me parece que aquél es igual a los dioses,
el hombre que se sienta frente a tí.
Y cerca, mientras hablas dulcemente,
escucha.
Y también mientras ríes deseable, lo cual,
hizo saltar mi corazón dentro del pecho;
pues si hacia tí, un instante miro, hablar
no me es posible.
Mi lengua se hace trizas en silencio,
y un fuego sutil corre debajo de mi piel.
Y con los ojos nada veo,
zumban mis oídos.
Me agarra un sudor frío,
y un temblor me agarra toda,
y verde, más que hierba, estoy.
que necesito morirme,
me parece.
Gracias a Dios que me dio mis ojos, me dio mi boca, me dio toda mi piel.
Minutos lentos, minutos lentos, minutos lentos.
Ahora, consciente de cada segundo, estudiada su longitud y medida cada milésima, es imposible pasar por alto los espasmos de la aguja.
Conozco cuánto tardo en pestañear tres veces. Cuánto tardo en inventar un rodete y calzarme las zapatillas. Cuánto me toma subir hasta el techo por mi cascada azul.
Pero más importante, puedo recitar de memoria los horarios de los trenes.
Te amo, Jaguar.
No veo a mi tortugo desde la tormenta del domingo.
Si, si. Estuve ocupada, y bien que pensé en el. Pero mi descuido no tiene perdón.
Así que esta tarde (gracias a un desesperado “Y TU TORTUGO??!?”) salí a buscarlo por entre mi jardín. Cabe comentar que me mudé, y este patio es ridículamente grande. Llevo 20 días en esta casa y solo lo vi cuatro veces desde entonces.
Caminé descalza, sintiendo los aguijonazos del rocío helado en las plantas de los pies, y dando saltitos para no congelarme. Revolví bajo la parrilla, entre las plantas, detrás de las enredaderas… hasta que asumí que no podía seguir buscando tan ciegamente (acababa de anochecer) y me dispuse a rastrear cada interruptor que hubiese en mi patio.
Actualmente, hay once teclas de luz. Ocho en funcionamiento.
Obviamente, yo las traté de prender todas (tarea para la cual, tuve que rondar por TODO el perímetro). No llegué a la séptima, en realidad. Saltó el disyuntor.
¡Qué felicidad! Yo congelándome, ahora toda la casa a oscuras, el tortugo invisible y mi familia gritando “QUÉ CARAJO TOCASTE?!”. Sumado a mi mal humor de la tardecita y al súbito ataque de inteligencia que me iluminó, advirtiéndome que acababa de perder todo lo escrito recientemente en Word acerca de Perón y la concha de la lora.
Sublime.
Tuve que volver a recorrer el perímetro a tientas e ir apagando una por una las luces, para que pudieran restablecer la energía en la casa sin que volviera a saltar.
Una vez completada la misión, y con la perra oliéndome los talones, impidiéndome moverme con tranquilidad (“¡Salí de acá, pelotuda!”, “Perra del orto”, “Pero... ¿sos idiota? Movete Uvaaaa!!”) busqué una linterna -de juguete- y proseguí con el rastreo.
Caronte brillaba por su ausencia, y yo me iba poniendo más y más nerviosa. Y qué si el granizo le había quebrado una pata? O roto el caparazón? O abierto la cabeza? Y si se había ahogado? Si le había caído algo encima y estaba trabado? Si la perra hija de puta lo había volteado?
No lo encontré en el fondo. Tampoco adelante ni en el pasillo. Menos adentro del galpón. A punto de darme por vencida y optar por seguir mañana, se me ocurrió fijarme al borde del camino de piedra, donde suele enterrarse para descansar (es época de hibernación).
De modo que caminé a lo largo, apuntando con el mísero hilito de luz y llamándolo con delicadeza. Aguzando el oído para percibir cualquier signo de vida.
Nada.
Pero onda… NADA. Vacío total. Ausencia de Quelonio.
Quizás se había vuelto al Tártaro.
Al borde de las lágrimas, Uva comenzó a rascar algo a unos metros de mi, bajo un helecho., por donde ya había pasado recién. Me acerqué y la corrí. Levanté las hojas, y ahí en la oscuridad, semi-enterrado en la tierra húmeda estaba Caronte.
Me apuré a rescatarlo de aquel pozo embarrado y lo levanté. Nuevamente, no se movía. Esta vez, estaba enteramente dentro de su caparazón. Temí por su vida, otra vez, y lo apunté con la linterna.
Me encontré con sus dos ojos rebosantes de indignación mirándome desde el interior de su coraza, estiró sus patitas, y se puso a patalear, todavía con la modorra de haber sido interrumpido su sueño estacional.
Me puteó en un par de idiomas mientras le costaba mantener los ojos abiertos (ora causa del sueño, ora causa de la luz en la cara) y se debatió débilmente entre mis manos y el hocico curioso de la perra.
Colmada de amor y culpa, lo dejé donde estaba, lo enterré nuevamente y lo tapé con las mismas hojitas. Di media vuelta y regresé con Uva, las dos triunfantes y congeladísimas, a comer algo de torta recién salida del horno.
Me encanta jugar a la búsqueda del tesoro con Caronte.
Es tan hábil mi tortugo histrión, que consigue hacer partícipes a todas mis emociones mientras dura cada episodio.
♥
Por el Magdalena voy pa' Cartagena.
Me voy, me voy.
Siempre navegando. Voy con mi morena.
Cantando y cantando.
Por el Magdalena.
Siempre navegando.Voy con mi morena.
Ya muchas mujeres pasaron el rio.
Viaja en mis recuerdos por el rio abajo.
Por el Magdalena voy pa’ Cartagena.
Me voy, me voy.
